Dos años y cinco meses después de denunciar: la historia de una sobreviviente que hoy puede elegir cómo contar su historia

Atravesar un proceso judicial después de haber sufrido un abuso durante la infancia implica enfrentarse no solo a una instancia jurídica, sino también a una historia que durante años pudo haber permanecido en silencio. Denunciar significa volver sobre aquello que alguna vez dolió, ponerlo en palabras y comenzar un recorrido que, más allá de los tiempos de la Justicia, tiene una dimensión profundamente humana. 
08/09/2026
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Para una joven del Valle Medio, ese recorrido comenzó hace dos años y cinco meses, cuando decidió denunciar el abuso sexual que había sufrido durante su infancia. El pasado lunes 31 de agosto, el proceso llegó a una instancia decisiva cuando el imputado reconoció su responsabilidad mediante un juicio abreviado.

 

Según recuerda la joven, lo hizo con una «frialdad inexplicable». Pero, más allá de la actitud del agresor, aquel momento significó para ella el cierre de una etapa que había comenzado mucho antes de aquella audiencia, el día en que decidió romper el silencio.

 

El tiempo humano y el tiempo de la Justicia  

Dos años y cinco meses pueden significar muchas cosas. Desde el punto de vista de una causa penal, el expediente tuvo una tramitación ágil, sin demoras injustificadas y respetando las distintas instancias del proceso. Durante el recorrido, además, se buscaron alternativas para reducir la cantidad de audiencias y situaciones de exposición para la víctima.

Pero existe otro tiempo, el tiempo humano. El tiempo de convivir con la incertidumbre. El tiempo de intentar continuar con la vida cotidiana mientras una parte de una misma sigue pendiente de lo que sucederá. El tiempo de volver sobre una historia que durante años se intentó procesar y sanar.

 

“Creo que lo más agotador fue la incertidumbre. No saber cuándo iba a terminar, tener queesperar y, al mismo tiempo, intentar seguir con mi vida mientras una parte de mí seguía atravesando este proceso. También fue muy difícil tener que volver sobre una historia que durante mucho tiempo había intentado procesar y sanar”, cuenta.

 

La diferencia entre ambos tiempos es importante. Que una causa avance

jurídicamente con rapidez no significa que el proceso deje de ser emocionalmente complejo. Una realidad no invalida la otra. 

 

Denunciar como un punto de quiebre

El abuso sexual en la infancia puede dejar marcas que tardan años en transformarse en palabras. El miedo, la confusión, la culpa y el silencio pueden ocupar durante mucho tiempo un lugar que nunca debería haber correspondido a una niña. Por eso, decidir denunciar no fue simplemente iniciar una causa judicial. Significó comenzar a recuperar una voz que durante mucho tiempo había permanecido en silencio. Significó enfrentarse al recuerdo de lo ocurrido, reconstruir situaciones y volver sobre momentos que había intentado dejar atrás.

 

“Denunciar fue un antes y un después para mí. No porque desde ese momento dejara de ser víctima, sino porque empecé a elegir qué lugar quería que ocupara lo que me pasó dentro de mi propia historia”.

 

Una decisión tomada desde el cuidado

Frente a la posibilidad de continuar hacia un juicio oral, la joven y su abogada, Camila Tardugno, evaluaron las distintas alternativas disponibles y finalmente optaron por un juicio abreviado.

 

La decisión no estuvo vinculada a restarle importancia a lo sucedido ni a buscar un camino más sencillo. Fue una decisión tomada teniendo en cuenta las circunstancias del caso, las posibilidades procesales y, fundamentalmente, el impacto que podía tener sobre la joven continuar atravesando determinadas instancias.

 

“Fue una decisión que tomamos evaluando mi situación y mis posibilidades, y en la que también pude preguntarme qué necesitaba yo para poder cerrar esta etapa. Aprendí que luchar por justicia no significa necesariamente atravesar el camino más largo o más doloroso. A veces también significa poder decir: hasta acá puedo llegar, y necesito cuidarme”.

 

En ese proceso, el acompañamiento profesional tuvo un papel fundamental.

 

“Mi abogada me permitió entender cuáles eran las posibilidades que tenía y, sobre todo, me ayudó a tomar decisiones desde un lugar informado. En paralelo, mi acompañamiento psicológico fue muy importante para poder reconocer mis propios límites y entender que cuidar mi salud mental también era una prioridad”.

 

Una Justicia que cambió, pero una sociedad que todavía tiene desafíos

 

Hablar de estos procesos también implica reconocer los avances que se han producido en los últimos años, especialmente a partir de la incorporación de la perspectiva de género y de una mayor sensibilidad frente a las situaciones de violencia y abuso. Eso no significa que no existan todavía prácticas que puedan resultar revictimizantes ni que no haya aspectos por mejorar. Pero reconocer los avances también permite pensar dónde están los desafíos que todavía quedan pendientes.

 

La perspectiva de género permite comprender las particularidades de delitos que muchas veces ocurren en contextos de intimidad, dentro de vínculos profundamente asimétricos y sin testigos. Pero no reemplaza la prueba ni las garantías constitucionales que forman parte de cualquier proceso penal.

 

La joven considera que una transformación profunda no depende únicamente de la Justicia.

 

“Creo que también tenemos que mirar hacia la educación. Porque si como sociedad no cuestionamos lo que aprendimos y aquello que seguimos reproduciendo, las mismas conductas continúan repitiéndose.”

 

La justicia llega, pero no borra el pasado

 

Ante la pregunta de si se siente conforme con el resultado, la respuesta no es sencilla. Una condena o el reconocimiento de responsabilidad no pueden borrar lo ocurrido ni reparar por completo las heridas que dejó el abuso. Pero sí pueden significar algo importante para quien durante años tuvo que convivir con una historia que otros podían poner en duda.

 

“Ya no tengo que seguir esperando que alguien reconozca que lo que me pasó fue real. Fue real. Y nunca fue mi culpa”.

 

En su recorrido, el acompañamiento de su familia, sus amigos, los profesionales de la salud mental y su representación legal también tuvo un lugar central.

 

Para ella, ser escuchada y poder tomar decisiones informadas fue parte de recuperar el control sobre una historia que durante mucho tiempo estuvo atravesada por el silencio.

 

Un mensaje para quienes todavía no pudieron hablar

 

El caso también deja una reflexión que trasciende el expediente judicial: la importancia de que existan adultos verdaderamente disponibles para escuchar a las infancias.

 

“Creo que lo primero es entender que no existe una única manera de pedir ayuda. Por eso necesitamos adultos verdaderamente disponibles para escuchar. Muchas veces un niño no necesita que le hagamos la pregunta perfecta: necesita saber que, cuando esté preparado para hablar, nosotros vamos a estar ahí para escucharlo y protegerlo. Tenemos que enseñarles desde pequeños que su cuerpo les pertenece, que pueden decir que no, que pueden poner límites y que pueden acudir a un adulto de confianza cuando algo los incomoda o los hace sentir mal”.

 

También quiso dejar un mensaje para quienes todavía no pudieron romper el silencio:

 

“A quienes todavía no pudieron romper el silencio, quiero decirles que les creo. Que su historia importa. Que su voz importa. Que merecen ser escuchadas, respetadas y protegidas. Desde mi experiencia puedo decirles que poder contar lo que me pasó y luego denunciar fue de gran ayuda. Sé que puede parecer imposible imaginar un día en el que esto deje de ocupar tanto espacio en nuestras vidas. Yo también pensé que nunca iba a llegar hasta acá, pero se puede sanar. A veces, empezando por hablar y elegir el camino de nuestra propia vida”.

 

Y agrega una última reflexión:

 

“Cada historia es diferente y cada proceso también lo es. No hay una única manera de atravesar algo así, ni una decisión que sea igual para todas las personas. Por eso creo que es importante respetar los tiempos, las decisiones y los caminos de cada una”.

 

Hoy, después de dos años y cinco meses desde aquella decisión de denunciar, la joven puede mirar hacia atrás y reconocer no solamente el final de una etapa judicial, sino también todo lo que significó haber llegado hasta allí.

 

El hecho que la marcó forma parte de su historia, pero no la define. Hoy es ella quien decide qué lugar ocupa ese hecho en su vida y, sobre todo, cómo contar su propia historia.

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